Cinco lecciones sobre volver a comenzar

(De cómo el peor año de mi vida se convirtió en el mejor año de mi vida)

No suelo escribir desde mi voz —mucho menos cuando se trata de mi vida y no de mi opinión—, pero esta vez narro con el propósito de ser útil más que para mí misma. No pretendo dar detalles curiosos sobre mi vida personal, solo los necesarios para dibujar el paisaje.

Tengo veinticuatro años. Soy actriz de oficio, publicista de profesión, <<escribiente>> de pasatiempo y viajera de nacimiento. Me apasionan los libros, la música, la comida, las estrellas y el mar. Tengo el autoestima débil y la voluntad férrea. Creo en la disciplina, en el conocimiento y en el amor. Soy activista, emprendora y terca —muy terca. Soy consentida y territorial, a lo que llamo: ser hija única. Soy complaciente, a veces sumisa. Sufro de ansiedad social. No me gusta hacer ejercicio. Tengo un asma no diagnosticada —lo que hace que me guste menos. Soy alérgica a los gatos, el polvo y la falta de libertad. Le exijo por montones a los que me rodean, pero no está ni cerca de lo que me exijo a mí misma. Veo milagros en cada esquina. A veces me siento de sesenta y otras de seis. Una vez cada varios meses me pregunto si actuar es lo mío y pienso en dedicarme a algo más. Nunca veo lo que hago. Me da miedo compartir lo que escribo. Me conmueven los piropos. Bailo sola más de la cuenta. Canto coros improvisados a diario. Me emociono cuando veo vacas. Lloro por los demás con facilidad. Solo hago reír en la intimidad. Me deprimen los días lluviosos. Le tengo miedo al fracaso, a la muerte temprana y a las cucarachas.

Soy la chica promedio. Común. Más de lo que cualquiera quiere serlo.

Hace un poco más de un año, mi vida lucía bastante distinta a lo que es hoy en día y, si en aquel momento me hubieran pedido que predijera el curso de los acontecimiento de este año, jamás habría acertado. En ese entonces, tenía un apartamento gigantesco, un trabajo estable, una cantidad de ahorros importante, un viaje en la mira, una rutina, un cuasi-esposo, un perro y un plan. Nunca había pensado que podía ser una de esas mujeres a las que la estabilidad les basta. Pero me bastó y D. hizo fácil esa transición. Descubrí que con estabilidad se anda ligero. Contrario a lo había intuido, con ella estaba lista para tomar riesgos porque, sin importar el resultado, habría siempre una cama de aire esperando al final del abismo.

Así que andaba por ahí con la cabeza en las nubes porque el piso ya lo tenía.

La cosa es que, en menos de dos meses, mi vida cambió. Los detalles, como dije, no son parte de este relato. Lo que sí puedo decir es que para Agosto ya no sabía cómo describir mi situación en la mayoría de los aspectos de mi vida. No tenía casa, no tenía trabajo —y todo apuntaba a que así seguiría siendo—, no tenía ahorros —solo deudas—, no tenía novio, ni perro, ni plan. El piso se había disuelto y yo trataba de colgarme de las nubes, lo que, irremediablemente, me llevaría al momento más temido: la caída.

Con las cosas que me quedaban en una bodega, una caja de papel higiénico repleta de comida y algunos trapos embutidos en una maleta, salí de mi vieja casa a reconstruir mi vida.

Lección 1: A veces se gana. A veces se pierde aprende.

El miedo al fracaso es la enfermedad del siglo XXI. Olvídense del cáncer o del chikungunya. Lo que nos tiene adolorido el cuerpo e inerte el alma, es esta primera noción. Ya sé que los titulares de las revistas le otorgaron el galardón al estrés, pero incluso este es tan solo la manifestación física del primero. Tenemos tanto miedo a la caída que nos aferramos a cualquier cuerda que encontramos, no importa cuán roída esté o qué tan áspera sea y, si —Dios perdone— nos vemos obligados a caer, cerramos los ojos, gritamos como locos y así permanecemos, sin darnos cuenta de que golpeamos el suelo hace un buen rato.

No importa cómo sea bautizado el fracaso —quebrar la empresa, decepcionar a papá, ser despedido, engordar, no poder pagar el arriendo o no terminar un libro— somos fóbicos a sus múltiples disfraces y la mayoría de nosotros padecemos sus síntomas que, como su patrocinador, se muestran en las más diversas manifestaciones: desde la quietud —promovida bajo el lema: <<estoy bien así>> hasta la elefantiasis del ego.

Tener anestesiada la existencia es más fácil. Más cómodo, claro. En ése momento fantaseaba con irme a dormir durante meses y despertar cuando todo se hubiera resuelto. Para los que no me conocen, parece natural; para los que sí, resultaba alarmante. Sentía que la vida me pesaba, que ella era un camión de veinte mil toneladas y yo apenas una flacucha encorvada. Acostada me pesaba menos. Me acosté y dormí. No puse resistencia, dejé que me aplastara.

Cuando regresé de mi hibernación, los problemas aún me esperaban en la puerta. Decepcionada de que mi estrategia no hubiera funcionado, me puse de pie y comencé el período al que he nombrado: la fisioterapia.

Lección 2: Malas noticias, el dolor no mata.

El amor nos sacude el estómago, el miedo nos debilita las piernas y la tristeza nos aprieta la garganta. Las caídas nos dejan morados, cicatrices y fracturas. Las amputaciones, dolores fantasmas. Ahora que sabemos —de nuevo— algo sobre la conexión entre el cuerpo y el alma, era natural que mi dolor emocional y mi debilidad física fueran padre e hijo.

Por esa época comencé a enfermarme seguido. Gripas, migrañas e intoxicaciones. Todo en un interminable desfile de malestar. Antes de esos meses, nada. Incluso en México, ni Moctezuma pudo alcanzarme. Para Agosto, cualquier brisa inesperada podía causarme un resfriado y, con la debida paciencia, una neumonía. A eso tenía que agregarle la somnolencia y las ganas de llorar.

Estaba tullida. Sin saber cómo ponerme de pie. Sabía que no debía seguir acostada esperando convertirme en una momia inmóvil o en un zombie apático. No es mi estilo.

Lo dudé mil veces. Trazaba planes sobre cómo volver a comenzar para minutos después, tirarlos a la basura. Mientras tanto seguía tumbada, incapaz de moverme. Entonces, entendí… No hay cómo comenzar, más que comenzando; cómo ponerse en pie, más que dando un paso.

Los primeros fueron torpes y a la primera señal de adversidad, me tumbaba de nuevo. El dolor no se había ido, incluso parecía haber arreciado. La buena noticia, es que el dolor no mata. La mala noticia, es que el dolor no mata. Así que, sin poder morirme, me empujaba en pie una y otra vez hasta que, lentamente, volví a poner distancia entre el suelo y yo.

Lección 3: Gracias a la vida que me ha dado tanto...

Desde pequeña tuve el placer de escuchar a mamá cantar aquella canción de Mercedes Sosa, mientras con improvisada destreza <<charrasqueaba>> su desteñida guitarra. En las reuniones del colegio o fiestas familiares, siempre llegaba aquel momento en el que los musicalmente incapacitados le rogaban a mamá que sacara el instrumento para que abriera su repertorio con la ya desgastada melodía. En ese entonces no entendía su letra, solo la repetía con la inercia de lo aprendido de memoria, sin saber lo decisivo que sería aquel mensaje.

Mamá la cantaba siempre como si fuera la primera vez, como si apenas la estuviera inventando. Allí estaba el secreto. La gratitud te deja ver lo que hay a tu alrededor como si acabara de aparecer, como si no lo hubieras presenciado nunca antes. Puede ser tan simple como un día soleado, tan tortuoso como el dolor o tan imperioso como el mar. Todo se tiñe de novedad cuando se mira con ojos agradecidos. En medio de aquella aparentemente interminable hecatombe, decidí hacer un ejercicio: agradecer. La gratitud es relativamente sencilla durante las vacas gordas, yo decidí trabajar en ella durante mis flacas.

Era magia.

De pronto ya no estaba desempleada, sino empleándome en lo que siempre había querido hacer y para lo que nunca había tenido tiempo. Escribí de nuevo. Aprendí a cocinar cosas que pensé que eran solo para las abuelas. Leí. Escuché a Diana Uribe por primera vez. Abrí una tienda en línea. Pinté un mándala. Hablé con mis amigos sin afán. Adopté un perro. Creé un blog de viajes. Estudié solo por curiosidad. Viajé sin pedir permiso a nadie.

De pronto, ése que parecía ser el peor año de mi vida, se había convertido en el mejor.

Lección 4: Éxito, ¿qué es eso?

La noción del fracaso solo cobra sentido cuando se compara con su opuesto: el éxito. Nada de mi vida parecía encajar en la definición auto-realización. Hablar con amigos me resultaba humillante. Cuando alguien me preguntaba <<y… ¿qué andas haciendo?>> me inventaba cualquier lista de tareas productivas que no me hicieran quedar como una perdedora. Comer un helado con amigos a las dos de la tarde un martes me avergonzaba, así que no lo mencionaba cuando, tras alguna pregunta, enumeraba las actividades del día.

Entonces, apareció —como aparece todo cuando realmente lo necesitas: por arte de magia— una frase que le daría vuelta a mi vida, luego de darme vueltas en la cabeza: somos seres humanos, no haceres humanos. Al comienzo no tuvo mucho sentido, era solo un astuto juego de palabras.

Escuchaba a mis amigos, con sus ambiciones profesionales, tan parecidas a las mías. Ninguna conversación escapaba una media hora de quejas laborales, seguida por una extensa lista de actividades y viajes para <<cuando me tome un año sabático>> o <<cuando me retire>>. Todos trabajan para obtener dinero, desperdiciando el tiempo que luego morirían por comprar.

Allí fue que aquella olvidada afirmación tuvo efecto. Tenía la oportunidad de hacer todo lo que mis amigos esperaban poder hacer después de los sesenta. Tenía tiempo para trabajar en mi bucketlist —la lista de las cosas por hacer antes de morir—, mi nuevo proyecto. Fue increíble ver lo avanzada que estaba y emocionante leer aquello que permanecía sin tachar.

Ésa sería la forma de medir mi éxito. No la cantidad dinero guardada en el banco —ya había aprendido que ese indicador resulta bastante inestable… e irrelevante—, no cuán elegante se escuchara el nombre de mi cargo, ni tampoco el número de líneas en mi curriculum vitae. Había estado en búsqueda de alguna moneda que no se devaluara y encontré una invariable: las experiencias.

Lección 5: No te arrepientes de lo que haces, sino de lo que dejas de hacer.

Claro que ésa frase tiene una versión auto-destructiva como cualquier otra. Así que para ustedes, los de los excesos… no la tomen en el sentido más literal. La idea es esta: lo volvería a hacer. Todo. La felicidad. El viaje. El cuasi-esposo. Los dos increíbles años. El perro. La hecatombe. La partida. El llanto. El fracaso. Las migrañas. La cama. Las pataletas. La gratitud. La mudanza. Los tropiezos. La prosperidad. La felicidad, de nuevo.

No en el futuro, por supuesto espero haber aprendido algo —aunque, de seguro, la naturaleza cíclica de la vida me enfrentará de nuevo a circunstancias similares. Digo, si pudiera volver a atrás… no cambiaría nada.

Lo que me lleva al reto final: vivir sin miedo a la caída después de haberse caído mil veces, balanceando el peso con la ligereza de la ingenuidad y la confianza de la experiencia. Por eso, mi última recomendación es siempre cultivar un poco de amnesia.

Pd. Ahora, cierre este texto, olvídese de lo que leyó y vaya a darse en la jeta.

Por Estefanía Piñeres
En www.estefaniapineres.com

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